

Una película sobre nada en particular 1 2 3 4 5
Escribe Lucía Solaz Frasquet
Al carismático poeta galés Dylan Thomas le encantaba el cine. Le dedicó un poema, trabajó en un número de documentales durante la Segunda Guerra Mundial (su mala salud lo eximió del servicio activo) y escribió varios guiones, ninguno de los cuales se filmó. Desde su muerte, acaecida prematura y repentinamente en 1953, se han planeado numerosas biografías, ninguna demasiado exitosa.
Por desgracia, el filme dirigido por John Maybury no va a cambiar esa tendencia con una película que llega a España con dos años de retraso.
En el límite del amor, tras ser rechazada en Cannes, abrió el 18 de junio el Festival Internacional de Edimburgo de 2008. Si bien no recibió las mejores críticas, sin duda Keira Knightley y la ex modelo Sienna Miller aportaron glamour a un evento cinematográfico que se celebraba por primera vez en sesenta y un años fuera del famoso festival de agosto. John Maybury recibió hace doce años el mayor trofeo del festival, el Michael Powell Award, por El amor es el demonio (Love is the Devil, 1998), notable película sobre otro icono de las artes británicas, Francis Bacon.
Durante los bombardeos aéreos alemanes de 1940, Vera Phillips (Keira Knightley) trabaja como cantante en los refugios subterráneos londinenses. Cuando se reencuentra casualmente con su primer amor, Dylan Thomas (Matthew Rhys), los sentimientos entre ellos se reavivan, a pesar de que Dylan está ahora casado con Caitlin (Sienna Miller), una temperamental ex-bailarina irlandesa. La relación entre Dylan y Caitlin es tormentosa y ambos viven numeras aventuras al margen de su matrimonio. Sin embargo, Caitlin reconoce en Vera un peligro real y así se lo advierte. A pesar de su rivalidad, las dos mujeres se hacen amigas y el trío comparte habitación, con camas separadas por una exigua cortina. El capitán William Killick (Cillian Murphy) convence a Vera para que se case con él apenas unos días antes de ser enviado al frente. Vera, embarazada, regresa con los Thomas a la campiña galesa, donde vive en una casita a escasos metros de ellos. Aunque quiere a su marido, Vera parece incapaz de desligarse de sus sentimientos por el poeta. Cuando William regresa, comprensiblemente cambiado por los horrores de la guerra y con dudas razonables sobre la paternidad del pequeño, sus celos explotan y ataca a Dylan. La relación entre el cuarteto nunca volverá a ser la misma y Vera se verá obligada finalmente a elegir.
Maybury estaba trabajando en The Jacket (2005) cuando Kiera Knightley le dio el primer borrador del guión escrito por su madre, Sharman Macdonald, y lo convenció para que dirigiera la película. Macdonald tenía en mente el papel de Caitlin para su hija, pero ésta prefirió interpretar a Vera. El personaje de Caitlin estaba destinado a Lindsay Lohan, quien se retiró inesperadamente del proyecto dos semanas antes de empezar el rodaje y fue rápidamente reemplazada por Sienna Miller.
Es una pena que el doblaje pase por alto el trabajo de los actores con los diferentes acentos. Matthew Rhys es un actor galés que interpreta a un galés que se esforzaba por perder su acento y sonar inglés. Keira Knightley es una inglesa tiene que parecer galesa, Sienna Miller es una inglesa que encarna a una irlandesa y Cillian Murphy es un irlandés que interpreta a un inglés. Mucho se ha hablado del miedo de Keira Knightley a cantar en la cinta. No tiene una gran voz, pero lo hace correctamente. Es de lamentar que, en medio de tanto numerito musical, la partitura del genial Angelo Badalamenti, habitual colaborador de David Lynch, pase desapercibida.
El principal problema del filme es que no sabemos de qué trata realmente. No es una biografía, pero también falla como estudio de la amistad entre las protagonistas, como retrato de la figura del famoso escritor galés y como plasmación de una época. Vayamos por partes.
Está bien documentado que, en 1945, un traumatizado Killick regresó a la costa galesa tras combatir con las guerrillas griegas y se encontró con lo que parecía ser un ménage à trois entre su esposa Vera, Dylan y Caitlin, y con que el trío había vaciado su cuenta bancaria. Después de unas cuantas copas, Killick amenazó a Dylan Thomas y a algunos de sus amigos con una ametralladora, con la que disparó varias veces, y con una granada de mano defectuosa. El capitán fue juzgado por intento de asesinato, cargo del que sería absuelto. El que Vera tuviera una relación sexual con Thomas a los quince años y que fuera su amante durante la guerra son, según los biógrafos, meras conjeturas sin demostrar. Así pues, la premisa de la que parte el filme, la relación amorosa entre Vera y Dylan, es algo bastante improbable.
En cuanto a las protagonistas y su relación, Vera y Caitlin insisten en decir que son mujeres independientes, pero no se comportan como tales. Vera es cantante, pero jamás se comenta nada sobre su interés en su carrera, Caitlin dice que su talento está reprimido por el de Dylan, pero no sabemos nunca realmente cuál es ese talento ni conocemos sus aspiraciones. Hablan de su amistad y se comportan como adolescentes, pero sin que veamos la profundidad real de su vínculo.
En cuanto Dylan Thomas, que abrazó con entusiasmo la pose del poeta maldito, mujeriego, bebedor y autodestructivo, parece haber sido un hombre a menudo encantador, pero también infantil y caprichoso. El filme, sin embargo, va más allá al retratarlo como un mentiroso que no duda en tratar de destruir a un hombre (cuyo dinero acepta gustosamente) para conseguir lo que quiere. Esto, en realidad, no ocurrió así.
El personaje del capitán Killick, con un desaprovechado Murphy, adolece igualmente de profundidad.
Ninguno de los protagonistas llega a despertar nuestras simpatías y de ese modo es difícil que nos impliquemos realmente en lo que les ocurre. Asimismo, ninguna de las cuatro historias de amor que se retrata es lo suficientemente fuerte para mantener nuestro interés.
La falta de definición también se refleja en el aspecto visual, que no sabe si decantarse por el realismo (la vida en Gales) o por una fantasía estilizada (los números musicales interpretados por Vera, las atmósferas cargadas de humo de los clubs, el exceso de primeros planos, algunos de los cuales podrían muy bien servir como anuncios publicitarios de una marca de maquillaje). La elección de los intérpretes, dos de las actrices inglesas más bellas de la actualidad y dos actores igualmente atractivos, ya supone una manifiesta idealización de los personajes reales. La iluminación, el vestuario y el maquillaje, especialmente en tiempos de guerra, resultan demasiado sofisticados para resultar creíbles. El mundo está en guerra, Gran Bretaña lucha por sobrevivir y lo que vemos es un grupo de jóvenes que se dedican a beber, fumar, bailar, tener aventuras y hacerse desgraciados los unos a los otros.
Es posible que este trabajo pretenda ser una historia inolvidable sobre el amor, la pérdida y la amistad, pero no lo consigue. Salimos del cine sintiéndonos extrañamente fríos, para nada conmovidos. No es que sea una fanática de los encasillamientos, pero creo que lo va a tener difícil, a pesar de su conocido reparto, a la hora de encontrar su audiencia. Mucho me temo que espectadores de ambos sexos la encontrarán "poco satisfactoria", aunque sea por motivos bien distintos.
Sin embargo, en una escena William dice algo así como que hay gente que va a la guerra para que otros, los intelectuales, puedan teorizar (de un modo seguro) sobre ella. Eso es precisamente lo que hacemos los críticos. Teorizamos, analizamos, desmenuzamos, diseccionamos, apedreamos películas que la mayoría de nosotros no seríamos capaces de crear.
Alamar, el filme mejicano del realizador González Rubio, ganador del último BAFICI, se mide en este artículo contra el mucho más original y riesgoso Go get some rosemary (Daddy longlegs) de los hermanos Josh y Benny Safdie (The pleasure of being robbed) que, con irreverencia y audacia, inquietan, molestan y angustian al espectador al dejarlo frente a situaciones de riesgo, problemas insolubles, e interrogantes sin respuesta, en vez de llevarlo al mar durante un regocijante trayecto sin mayores contratiempos que el abandono de una garza, o sufrir la desazón de una inminente despedida, como ocurre con Alamar, obturando así todos los resquicios por los que se pueda colar incertidumbre o angustia existencial.
Si bien los dos filmes parten de un mismo punto: exploran la relación entre padre e hijo/s, Alamar se vale del registro documental para retratar la belleza del paisaje como marco apropiado para la armónica línea narrativa, a partir de algunas fotos y de un monólogo en off, que se desplegará con la misma fluidez con la que padre e hijo, Roberto y Natán, se relacionarán sin que medie conflicto alguno durante los pocos días que convivirán pescando, navegando, y hasta sumergiéndose en busca de langostas dentro de las aguas coralinas.
En Go get some rosemary, sin embargo, Lenny (el talentoso Ronald Bronstein) proyeccionista neoyorquino, padre también divorciado, inmaduro, irresponsable, pero adorablemente encantador, pasará las dos únicas semanas del año que le corresponden con sus hijos Sage y Frey (los hermanos Ranaldo hijos del gran Lee de Sonic Youth) en un mundo caotico, que el indomable Lenny se encargará de poner patas para arriba, en medio de una sucesión de situaciones endemoniadamente imprevisibles, que nos dejan con el aliento entrecortado a medida que el relato avanza con la espontaneidad de la vida misma (se respiran aires casavetteanos por doquier) en la edición sincopada acorde al ritmo frenético y arrollador del filme.
Si en Alamar experimentamos las bondades contemplativas de un mar cristalino y calmo, nos familiarizamos con la rutina de un pescador, presenciamos paso a paso la captura y el proceso de descamación de los pescados, en Go get some rosemary nos adentramos en las peripecias de un padre que hace malabares para mantenerse unido a sus hijos contra un medio hostil en medio de las circunstancias más adversas.
En Alamar, Natán, el niño protagonista viaja con su papá Roberto (recordemos que son padre e hijo en la vida real) a la casa de su abuelo que vive en un arrecife de coral frente a la península de Yucatán en una casita de madera sin gas ni electricidad. Natán establecerá un vínculo con su padre y con la madre naturaleza, que se irá fortaleciendo con el transcurso de los días. Aprenderá a pescar, a cazar langostas, a bucear y hasta cocinar.
Por el contrario en Go get some rosemary, los hermanitos Sage y Frey experimentarán junto con la audiencia lo que es el vértigo y la incertidumbre de ir solos a hacer las compras al supermercado (de ahí en parte el título del filme, ve a buscar romero) o sentir en carne propia la angustia existencial de un desesperado Lenny que no tiene mejor idea que darles un tercio de sedante a sus hijos (por lo que dormirán más de la cuenta) porque no encuentra a alguien que los pueda cuidar mientras él se va con sus amigos a graffitear paredes.
El medio en el que transcurre Alamar no presenta ningún obstáculo, ni impedimento, todo fluye naturalmente y sin mayores sobresaltos, y es justamente en este punto donde la armonía visual fundida con la emocional contribuyen a la debilidad del filme: la falta de interioridad de los personajes, y por ende de intensidad dramática.
En cambio, en Go get some rosemary lo que surge como un germen de conflicto: el lazo poderoso y a la vez vulnerable que se establece entre papá Lenny e hijos, puesto a prueba en infinidad de situaciones que tienden a destruir el vínculo más que a fortalecerlo, crece hasta dimensiones insospechadas (como el insecto que Lenny imagina y recrea para deleite o terror de sus hijos) y la misma NYC, es decir, sus calles, se tornan amenazantes o aún prometedoras para emprender un viaje anárquico, vigoroso, y lleno de imaginación donde cualquier cosa, y cuando digo cualquier cosa, digo que absolutamente todo puede ocurrir...
Y aquí mismo radica el planteo y lo que ofrecen ambos filmes, dos perspectivas diferentes, diametralmente opuestas de lo que es la paternidad. En Alamar el rol de padre discurre sin grandes contrariedades, todo es armonía, fluidez y distensión; excepto cuando Blanquita, una garza adoptada como una singular mascota, decide irse volando, y dejar a Natán por otros cielos, preanunciando quizás la separación inminente de padre e hijo: Natán se irá a Roma con su madre italiana dejando así al descubierto la fragilidad de los lazos afectivos.
Mientras que la paternidad en Go get some rosemary plantea el desafío de tener que luchar contra un medio hostil, con un jefe inflexible e intolerante, o con la falta de dinero con la que tendrá que lidiar Lenny, un hombre astuto, siempre exuberante en recursos de todo tipo, al estilo de un antihéroe busterkeatoniano, si se me permite el término, ya que el carismático y multifacético Lenny no tiene mucho que envidiarle, sobre todo en la loca escena en la que se propone comer un hotdog mientras salta una reja en medio de un parque con envidiable sincronización aunque finalmente la salchicha vaya a parar al pasto.
En definitiva, cuando llegamos al final de Alamar nos queda la vaga sensación de haber compartido con padre e hijo un hermoso álbum de fotos de unas inolvidables, y por qué no, fructíferas vacaciones, sin embargo, con Go get some rosemary vivimos un aterrizaje forzoso después de haber corcoveado sobre un sinfín de contrariedades como en una montaña rusa que al bajar nos deja algo mareados, y sin aliento.
La paternidad, en los términos actuales de incertidumbres varias, se acerca mucho más a las carencias, a los errores nacidos de la negligencia o falta de madurez de este Lenny con el que experimentamos lo que es la desesperación al no encontrar salida alguna, o la frustración tras reiterados intentos de salir airoso de situaciones condenadas al fracaso, aunque como es sabido, y Lenny lo sabe mejor que nadie, la mejor manera de salir de un laberinto es hacia arriba...

Con afán de dar mayor cobertura a su dedicación exclusiva a las cinematografías asiáticas, el BAFF amplia aún más sus contenidos. Si el año pasado incorporó a la Sección Oficial y la Selección Asiática, que incluyen lo más destacado de la última añada, las secciones Sudeste Asiático y Emergentes, enfocadas a descubrir nuevos autores que comienzan a despuntar, este año incorpora Anime, sección dedicada al cine de animación. Así, seis títulos (uno de Corea del Sur y el resto japoneses), a las que se suman una serie de sesiones gratuitas de OVAs (películas para televisión basadas en series de animación), son una pequeña muestra de las producciones que en este campo al que tanto cuesta disociar del mundo infantil. En la selección de títulos que presenta el BAFF, resuenan los ecos del tótem Miyazaki. Por un lado, Mamoru Hosoda, responsable de la dirección artística de El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke o El castillo ambulante, presenta Summer Wars, ganadora de la sección Anima´t en Sitges. Pero también podremos ver 5 centimeters per second, de Makoto Shinkai, de quien se dice es el heredero de la excelencia del autor japonés.






Y es de agradecer que lo hagan así, porque no hay duda que con el hábil montaje final quedamos enterados de la singularidad de las diversas criaturas marinas, algunas que nos enseñan son nuevas para nosotros, y de la particularidad de sus vidas y costumbres. Sirvan como ejemplos la ternura de la morsa al nacer su cría, la elegancia en su velocidad de atunes y delfines, de la mirada salvaje y bella de las iguanas marinas de las Galápagos, de las dificultades de la ballena azul para sobrevivir, de la mutilación de los tiburones –para hacer la sopa de aleta de tiburón-, condenados a morir desangrados. Por cierto, esta secuencia del corte de las aletas del tiburón, están filmadas con tiburones de látex, porque la filmación con barcos reales les hubiera supuesto un riesgo para sus vidas, dado cómo se las gastan esos pescadores despiadados, sujetos a demandas que fomentan algunos restaurantes y sibaritas.
Valga de ejemplo de lo dicho las escalofriantes imágenes de la tormenta, donde el mar juega con los barcos que lo surcan, en una especie de caricia salvaje, de amor apasionado, para quienes intentan dominarlo. Las consecuencias de todo esto, a la luz de las imágenes vistas, quedan claras. Disfrutamos de un espectáculo que nos sustenta y que nos ayuda a vivir, con sus mareas, sus corrientes subterráneas, sus sardinas apiñadas, sus ágiles delfines, sus iguanas asombradas, y esos hielos que se van deshaciendo dolorosamente; y ese juego de la vida, del que es excelente ejemplo el océano, en la que todos estamos embarcados.
Así, según los datos aportados en una gala de clausura en la que, celebrada durante la noche del sábado 24 de abril en el Teatro Cervantes de la mano de Fernando Tejero y Blanca Portillo, se colocó, asimismo, el cartel de “no hay entradas”, la asistencia al certamen ha superado con creces a la de 2009, y ello pese al descenso del presupuesto (3,2 millones frente a los 4 millones de 2009, incluyendo todas las actividades que se desarrollan a lo largo del año) en el contexto de crisis —económica, que no del cine— por el que atravesamos.
Mientras que el Jurado de la Sección Oficial parece haberse fijado especialmente en tres cintas de naturaleza muy distinta, la claustrofóbica Rabia, la dramática Planes para mañana y la emotiva Bon Appétit. La primera de ellas, del ecuatoriano Sebastián Cordero y bajo el sello y producción de Guillermo del Toro, se ha hecho, además de con los galardones de actor de reparto (Álex Brendemühl) y de fotografía y una mención para el protagonista del filme, Gustavo Sánchez Parra, con la preciada Biznaga de Oro como mejor película. El Jurado premia así a una cinta cuyo tema es, para Cordero, “universal” y que, además de conseguir inquietar al espectador, denuncia el (mal)trato al inmigrante.
Lunes 10: Hélène Tropé (Université de la Sorbonne Nouvelle - Paris III). Película: Marat-Sade, de Peter Weiss.
Segundo filme de la aventura norteamericana de Jim Sheridan, a la sazón remake de una película danesa (Brødre, Susanne Bier, 2004) que narra sólo tangencialmente las desventuras de un soldado norteamericano en Afganistán como sustento de la pudrición de sus relaciones familiares en los Estados Unidos.
Brothers no es una película bélica; aún cuando relata ciertos hechos que bien podrían catalogarse dentro del estilo, lo cierto es que las escenas de secuestro y tortura de los soldados norteamericanos en el país asiático son lo más prescindible del film, y lo son porque están contaminados de impostura, de autoafirmación heroica, de justificaciones morales muy pobres: es posible que gran parte del público precisase de tales escenas explicativas, pero lo cierto es que lo mejor de la película puede disfrutarse sin ellas.
Brothers tampoco es una película antibelicista, aunque muchos de sus parámetros pretendan criticar (muy ligeramente) el absurdo de unas guerras libradas a decenas de miles de kilómetros de distancia con el único objeto de mantener una supuesta tradición heroica y libertadora. Cabe suponer que alguien como Jim Sheridan está pagando el precio de la reasunción sin complejos de esos valores que panfletos como En territorio hostil se encargaban de reivindicar, siendo encima premiados por ello. La corriente de opinión no es ahora favorable a la autoflagelación y el reconocimiento de errores. Consecuentemente, las películas se vuelven menos atrevidas.
Lo que Brothers sí es, en resumen, es un drama familiar con trasfondo bélico que apenas sugiere, aunque no deje de hacerlo, que casi todos los males que acontecen en la familia protagonista derivan de la reasunción de aquellos valores heroicos de cartón piedra.
Cuenta la historia de dos hermanos radicalmente distintos, el uno, mimesis del padre, militar condecorado, obediente y padre de familia ejemplar que cuenta con todas las simpatías de su progenitor, y el otro un joven delincuente, desubicado y alcohólico que constituye su antítesis. Paradójicamente éste último es el resultado de aplicar el sentido común y el rechazo a las actitudes del muy estricto padre. Un personaje que se devela no tan inmaduro como inadaptado, asqueado de los valores que aquél encarna y que se muestra completamente refractario a sus reproches. Este papel de Jake Gyllenhaal, un actor en crecimiento, es uno de los más amables de un filme que cuenta con varios papeles amables, pero que curiosamente hace referencia a un tipo del que en la vida real no querríamos saber nada. En sus antípodas, el hermano menor/padre interpretado por Tobey Maguire, también excepcionalmente conducido y que se constituye en prototipo de un héroe de guerra trastornado por circunstancias atroces. Ha de decirse que en conjunto el trabajo actoral es magnífico, destacando por encima de todos el de la pequeña Bailee Madison, la hija mayor de la pareja protagonista formada por Natalie Portman y Maguire, quien al final se constituye como un alter ego post generacional de Jake Gyllenhaal: es la niña atormentada que no comprende la actitud de un padre enloquecido y que se rebela contra él, en una tensionada y magnífica secuencia de cena familiar que pone los pelos de punta.
Sin embargo, los parabienes para la película acaban aquí. Ha de acusarse a Brothers de no ser lo suficientemente valiente (algunas escenas han sido despojadas de carga emocional para no herir al espectador, otras han sido suavizadas, otras directamente suprimidas con respecto a la original) y en ocasiones de ser enormemente previsible e incluso ñoña. Su desarrollo es tremendamente desigual, muy dilatado al comienzo y particularmente intenso al final (lo cual hace que la película suba enteros, pero siempre que no hayas desistido al comienzo), y su maniqueísmo es a veces sonrojante. Mis simpatías por los talibanes son inexistentes, pero a menudo me pregunto si son los únicos que violan la convención de Ginebra, como quiere mostrarnos el filme.
Lo cierto es que sólo un breve y postizo epílogo centra el foco sobre los temas principales: el perdón a uno mismo, las consecuencias de la guerra, los absurdos prejuicios sociales y culturales que nos enajenan… pero ello no parece suficiente como para dar mayor crédito a un filme con varias vías de agua. Es una lástima que Sheridan, con su ocasional buen hacer, no haya sabido sacar petróleo de ellas.



En esta predilección del jurado por historias que ahondan en la esencia del ser humano, hurgando en sus miedos y sus anhelos, bien podría haber encajado Crossing / De orilla a orilla, de Silvana Aguirre Zegarra. Situándose en el eje perceptual a Alastair, un joven ciego, Aguirre nos presenta otra forma de sentir el primer flirteo adolescente. Sin embargo, en el palmarés quedó fuera de juego. Como también todos esos cortos que han ahondado en un tema recurrente en la competición internacional. A saber, las relaciones de pareja y, como correlato, el amor y las rupturas. Entre ellas, destacaron la elegante propuesta del mallorquín Joan Carles Martorell Microfísica (ver web) y el divertido musical La prevention de l´Usure / La prevención del desgaste (al modo de On connait la chanson), de Pilles charmant. La mexicana Marie Benito, con El deseo, toma como detonante el abandono, tras muchos años de matrimonio, para aborda el descubrimiento de una nueva sexualidad en una mujer madura.
Las propuestas más creativas se enmarcaron en la sección Obliqua. En esta, han tenido cabida cortos de narrativas sesgadas o, directamente, relatos suprimidos en pro del planteamiento estético. Pero, también, cortos bizarros, tan imaginamente bizarros que trastocan el orden común de las cosas y abren nuevos caminos conceptuales. Este es el caso del vídeo premiado Please say something / Di algo, por favor, animación de David Oreilly, y de Jenny and the worm / Jenny y el gusano, que mereció la mención especial del jurado. El primero, con el trasfondo de una historia sobre conflictos de pareja entre una gata y un ratón, revaloriza el dibujo esquemático que permitían los juevos de las máquinas tragaperras que funcionaban con chips. Mientras que en el segundo, su director Ian Clark introduce con absoluta normalidad un elemento de ciencia ficción (a saber, un gusano gigante) en la historia común de un crío que, entre gamberrada y gamberrada, hace todo lo posible porque la chica del barrio que le ha robado el corazón se fije en él.
Un buen puñado de los cortos presentes en esta sección han trabajado la reconstrucción formal del material fílmico. Y, entre ellos, es necesario destacar dos trabajos españoles. Zeitriss, de Quimu Casalprim i Suárez (ver bog personal), y Límites: 1ª persona, de León Siminiani. Ambos cortan la transición lineal de tiempo con el fin de investigar las evidencias que constaten la ruptura de una relación de pareja. El primero, trabajando sobre fotografía digital ―en blanco y negro―, con la que obtiene una gran definición en la ralentización de la imagen. Mientras que Siminiani recupera grabaciones de viaje para, revisionándolas una y otra vez, inscribir sobre las imágenes una voz en off analítica y crítica, pero también sentimental.
Otras animaciones interesantes fueron Je criais contre la vie. Ou pour elle / Yo gritaba contra la vida. O por ella, en la que Vergine Keaton pone en juego la estabilidad de los conceptos aprendidos al convertir los perros de caza en perseguidos por sus supuestas víctimas; o la surrealista interpretación del amor que en Anna Blume narra, con trazos gruesos en blanco y negro (al que se suma el rojo), Vessela Dantcheva; o, también, la forma en que Stephanie Lansaque y François Leroy, mediante estilizadas líneas de dibujo, con Mei Ling dan un simpático giro en las relaciones de pareja a raíz de los efectos que provoca el (des)amor.
Historias naif, como la producción checa Nora sa mi paci / Me gusta Nora, de Jakub slama, sobre la atracción que despiertan las extravagancias de Nora en un joven; hasta el humor grueso que David López Retamero imprime en los dibujos de Sam´s hot dogs / Los perritos calientes de Sam, contribuyeron a que se soltara más de una sonrisa. Pero no fueron las únicas. Ver como Matthias Hoegg contrapone en August / Agosto dos “filosofías vacacionales”, una tranquila y en familia frente al desparrame de jóvenes cargados de litros de cerveza; Lee Keeler parodia en Lorax, he speaks for the trees / Lorax habla por los árboles a los héroes salvadores de doncellas; O cómo Bruno Collet da vida a un muñeco de Bruce Lee en Le petit dragon / El pequeño dragón, es de lo más estimulante para la imaginación.